Opinión


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Grosso modo  | La Crónica de Hoy

Casi como paradoja, el surgimiento de las izquierdas como opción política se da en el marco del capitalismo a pesar de él y contra él. Su visión general y su sitio simbólico quedó sellado durante la Asamblea Nacional Constituyente a partir de la Revolución francesa a finales del siglo XVIII, en la que se discutía el derecho de veto del rey y su alcance en las leyes de la futura Asamblea Nacional. A la derecha del presidente del cuerpo legislativo se sentaron quienes respaldaban el mantenimiento de los privilegios del monarca, en tanto que a su izquierda se situaron los que estaban en contra, poniendo la soberanía del pueblo por encima de la autoridad real. En lo sucesivo, a la derecha se ubicaron los representantes de la gran burguesía y a la izquierda, los de la pequeña burguesía, los jacobinos y el pueblo en general. Así quedó asociada la división de derecha e izquierda con la idea del mantenimiento del orden prevaleciente y la del cambio.

El devenir del capitalismo y de las izquierdas desde entonces a la fecha quedó estrechamente vinculado, si bien de distintas y complejas maneras. Podría decirse que el futuro de la izquierda quedó atrapado en las enormes contradicciones que supuso la compleja realidad del capitalismo con sus ideales de cambio y transformación, pero no al revés. Las ideas de izquierda han tenido como centro de su preocupación histórica, desde el punto de vista filosófico al menos, el modo de producción capitalista, la división de clases y las inequidades que ello supone. Su crítica y oposición a ese modelo de producción que claramente no inventaron, pero que nace en su seno, a lo largo de la historia se han propuesto cambiar la organización política, económica y social, y en sus vertientes menos radicales modificar o atenuar, sus más crudas contradicciones, por utilizar el lenguaje marxista, en favor de un orden social sin privilegios. En su largo recorrido, las izquierdas se han debido enfrentar a poderosos adversarios del estado de cosas prevaleciente, pero también a sí mismas en virtud de fuertes diferencias ideológicas y programáticas de cómo lograr sus grandes objetivos.

Ante la fallida predicción marxista de que el capitalismo se colapsaría presa de sus propias contradicciones en el siglo XIX, las izquierdas se enfrentaron al dilema de qué hacer para acelerar su transformación. Ello abrió la veta para el radicalismo de la izquierda revolucionaria que consiguió crear la Unión Soviética. Paralelamente, ese discurrir también alentó otras corrientes de pensamiento más enfocadas en el reformismo para plantear la necesidad de conducir cambios dentro del capitalismo que produjeran progresos y no perjuicios. En ese trance, las izquierdas se enfrentaron al dilema de la democracia y el autoritarismo que por distintas razones para ellas encarnaban creaciones institucionales burguesas, en el sentido peyorativo del término, así como de las antiguas formas de gobernar de las monarquías y otros regímenes despóticos que se querían superar desde la izquierda. Las izquierdas en su conjunto debieron aprender la dura lección de la economía y de la democracia. Los resultados de esa especie de pugna de las distintas izquierdas con el entorno político, económico y social de sus países y regiones y del mundo general, son claramente advertibles en el siglo XX con la desintegración de la Unión Soviética y el colapso del llamado socialismo real, y a lo largo del siglo XXI con el extravío de los partidos políticos de izquierda en el mundo occidental en general.

A raíz, por ejemplo, del reciente fracaso electoral de la izquierda en Grecia que ha permitido el regreso de la derecha, se ha puesto de manifiesto que los votantes, ante la voluntad de la izquierda de aplicar los programas económicos de austeridad de la derecha, con fuerte detrimento social, prefirieron optar por los creadores originales, que encima de ello prometen un sistema de políticas de protección social que la izquierda no podía o no quería ya impulsar.  Algo así como el mundo al revés y prefiero el original que una copia. La paradoja es enorme ya que la idea de la igualdad no está en la naturaleza de las ideas de derecha.

Volveremos al tema en la siguiente colaboración.

 

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