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Del walkman a la computadora personal, o de cómo la tecnología ochentera nos cambió la vida

Máquinas, aparatos chicos o grandes, extraños a la distancia de las décadas, cuando no definitivamente capaces de inspirar ternura a los habitantes de este 2019; así era la vida hace treinta años, cuando la tecnología irrumpió en el mundo de todos los días, abandonó un poco el mundo de la ciencia ficción y se convirtió en la compañera inseparable de muchos, hasta para las cosas más elementales.

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Una década media entre estas dos computadoras. La de 1979, casi 1980, era una auténtica rareza, que luchaba por hacerse camino en el mercado mexicano. La de 1989 ya peleaba por entrar a la vida cotidiana y su primer objetivo eran las oficinas, donde susti

Así es siempre la fiebre, el afán del progreso. A lo largo de muchas décadas, las nuevas invenciones, los nuevos artefactos, han perseguido el mismo fin: hacer la vida más sencilla, menos problemática, con más tiempo libre, con mayores comodidades, con novedosas maneras de entretener al género humano. En los años ochenta, el vuelco tecnológico de la cultura occidental resultó radical, y de verdad cambió la vida diaria a extremos que, los nacidos en el siglo XXI encuentran curiosos, sorprendentes o, de plano, risibles.

¿Por dónde empezar? ¿Por el walkman, ese aparato puesto a circular cuando el mundo saltaba de los años setenta a los ochenta? Hablar del walkman, ese aparato megaportátil, que no grababa, solamente reproducía, es hablar, necesariamente, del gran compañero musical de los chavos de los ochenta: el cassette. Y, aunque durante mucho tiempo los walkman no fueron un objeto de uso masivo, porque eran muy caros, y sólo hasta 1984 sus fabricantes originales le agregaron radio, eran el primer paso para olvidarse de las enormes consolas con tocadiscos, lugar para los discos —los de 33 rpm y los de 45 con su adaptador— y radio —AM y la novedosa FM— que abundaban en las casas mexicanas.

Poco a poco, llegó otro cambio: las estorbosas consolas le fueron cediendo el lugar a los “aparatos”, es decir, a los sistemas modulares que incluían tornamesa, es decir, el tocadiscos, dos caseteras, radio AM y FM, y, en el colmo de la sofisticación, controles para equilibrar tonos altos y bajos que, sumado todo a un par de bocinas fidelísimas, hicieron las delicias de los melómanos y empezaron a transformar los espacios hogareños. Los aparatos de sonido —definición un tanto pedante que marcó la diferencia entre aquel presente y todos los artefactos empleados hasta ese momento— eran indispensables en los hogares jóvenes, en las familias que empezaban a formarse en aquella década. Con el espacio ganado se reorganizaban salas o estudios; aquellos que empezaba a ganar su propio dinero podían aspirar a tener uno de esos, fuera del alcance del resto de la familia.

Porque estaba ese otro aparato, mucho menos costoso que un walkman y más conveniente, por precio y tamaño, a los ojos de los padres de familia: portátil en extremo, y destinado a convertirse en el alma de no pocas fiestas: la radiograbadora, que, en unión con el cassette, constituyó un dúo indispensable en la vida de cualquier joven de los 80.

Si se compraba el cassette con la música del momento, se podía llegar a la fiesta con tres o cuatro cintas en el bolsillo sabiendo que entonces habría buena música. Pero la gran ventaja de las radio grabadoras consistía en que, comprando un cassette virgen, y con la adecuada dosis de paciencia para “cazar” las piezas deseadas, cualquiera podía obtener de la radio su soundtrack personal y cargarlo a todas partes. Cuando la industria de las cintas de audio se dio cuenta de la manera en que los chavos armaban aquellos paquetes musicales, que muchos recuerdan hoy con enorme cariño, empezó a producir materiales grabables mucho más sofisticados: cintas de dióxido de cromo, más caras que un cassette cualquiera, pero con mejor sonido, e, inevitablemente, llegaron los cassettes decorados. Rojos, verdes, amarillos, azules, con rayas de cebra, con manchas de leopardo, con rombos de estampado africano. Algunos usuarios, inspirados, preferían dibujar sus propias “portadas”. Regalar uno de esos cassettes, producidos con todo cuidado en una radiograbadora, era, sin duda, un gesto importante, proveniente de un artesano de la tecnología ochentera.

Así, poquito a poquito, la industria del disco, que había intentado ir a la par de la carrera del progreso, vendiendo discos de plástico transparente, de muchos colores, haciendo LPs de los grandes hits de la música bailable —aún quedaban discotheques— para sesiones maratónicas, se fue quedando atrás. El cassette reinó durante buena parte de la década, hasta que una nueva invención —narrada por primera vez en México por el periódico El Nacional desde 1982— empezó a quedarse con el mercado: el disco compacto. Pero eso ocurriría hasta la siguiente década.

“¿NOS QUEDAMOS A VER UNA PELÍCULA?” En los años ochenta empezaron a desaparecer esos cines enormes, donde generaciones anteriores habían reído y llorado con las grandes películas de su época. Empezaron a proliferar los cines más pequeños: emplazamientos donde no había un cine, sino dos o tres salas, con dos o tres películas exhibiéndose al mismo tiempo. Poco a poco, los mexicanos se acostumbraron a explotar las nuevas posibilidades, pero cuando ver películas se volvió también un asunto casero, el entretenimiento en el hogar no volvió a ser igual.

Si el cassette de audio era cosa de jóvenes, el videocassette fue, en buena medida, un renovador del entretenimiento familiar. Con dos formatos: VHS y Beta, con sus respectivos aparatos que podían reproducir cintas, o grabar de la televisión a la que se conectaban, chicos y grandes encontraron una nueva manera de entretenerse en casa: la gente siguió viendo sus series, sus telenovelas, la película rara que esa tarde transmitían en algún canal, pero ahora podían grabar el final de Cuna de lobos, o unos pocos capítulos de Los Locos Addams o La Familia Munster que, créase o no, se seguían transmitiendo en la televisión mexicana.

La gente empezó a comprar en formato VHS sus películas preferidas para verlas, una y otra vez, sin necesidad de salir de casa. Los padres con hijos pequeños iban formándole a los chicos su colección de películas —las de Disney, en primer lugar— y eso ahorraba horas y energías gastadas en algún cine atestado de niños gritando. Claro, había quienes insistían: el cine es para verse en el cine, no en la pantallita de televisión. Sin embargo, pudo más la comodidad —esa manzana de la tentación que siempre trae el progreso consigo— y las videocaseteras se convirtieron en un indispensable en muchos hogares.

Y, además, ni siquiera se trataba de comprar constantemente películas. Una cosa trajo a la otra: nacieron los videoclubes, donde se pagaba por una membresía que daba derecho a llevarse en alquiler películas clásicas o estrenos recientes. Y era cosa de ver a los despistados, corriendo a las 10 de la noche para entregar las películas rentadas tres días antes, y evitar la multa que le tocaba a los que devolvían con retraso.

La costumbre de ir al cine se transformó. Se volvió algo menos multitudinario, con nuevos segmentos de público y hasta con nuevas golosinas. En algún momento de la década desaparecieron de las dulcerías de los cines los gaznates, las bolsitas de enjambre de nuez y las, a esas alturas aburridísimas, copas de helado. Tal vez no era, en aquellos días, tan perceptible, pero la tecnología también cambiaba temáticas cinematográficas: el eterno sueño de viajar en el tiempo podía hacerse a ritmo de pop como en el hit Volver al futuro, o podía ponerse la energía nuclear al servicio de lo paranormal, como en la exitosísima Cazafantasmas.

Pero todo eso ya podía verse en la sala de la casa gracias a las videocaseteras. Si se añade que empezaban a proliferar los hornos de microondas, una tarde cualquiera, con películas entretenidas, con poca tarea en la cocina, resultaba que no salir a la calle ya no era sinónimo de costumbre, de viejos hábitos, de lo mismo de siempre. Las cosas ya habían cambiado.

¡Ah! Y en esos años apareció ese accesorio por el cual han ocurrido tremendas broncas familiares, que se disputan unos y otros como quien disputa el poder definitivo, la decisión final: el control remoto para la televisión.

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