Opinión


Carrusel de tragedias

Carrusel de tragedias | La Crónica de Hoy

Imposible seguirle el paso a las tragedias en el país. Todavía no se enfrían los fusiles de asalto usados en una cuando otra tragedia salpica de sangre las redes sociales, los portales y los periódicos impresos. Mientras el analista, atónito y dolido, reflexiona sobre las causas de una, tiene que referirse de bote pronto a otra, y a otra. El ruido de la violencia aturde, desorienta, ofusca.

Con respecto a los últimos días hay un hilo conductor entre los fallidos operativos de Culiacán y Tepito, las alusiones a un golpe de Estado, la masacre de la familia LeBarón y el ofrecimiento de Trump de mandar a los marines a poner orden, ese denominador común son las drogas. El narco es la bestia negra de México.

No es un fenómeno reciente, desde luego, pero a partir del año 2000, con Vicente Fox en la Presidencia, el narco adquirió fuerza suficiente para desafiar al Estado y tomar control de amplias franjas de territorio nacional donde los capos llevan la voz cantante. La irrupción de la delincuencia organizada en las grandes ligas, dedicada sobre todo a l tráfico de drogas, se registró en un entorno de debilidad institucional, cuyo reflejo principal son policías estatales y municipales insuficientes, sin capacitación, corruptas y sistemas de procuración e impartición de justicia bajo sospecha.

La fragilidad letal de las policías dio lugar a la decisión de lanzar al ruedo a las Fuerzas Armadas en diciembre del 2006, ya con Felipe Calderón en la Presidencia. Calderón acudió al auxilio de Lázaro Cárdenas Batel, que fue a Los Pinos a decirle a Calderón que sus policías habían sido rebasadas o cooptadas. Soldados y marinos dejaron los cuarteles, bajo el manto de los Operativos Conjuntos, y no tienen para cuándo regresar. El gobierno actual, el de la 4T, dio un paso adelante y de plano militarizó la seguridad pública con la creación de la Guardia Nacional, que pinta para ser totalmente insuficiente.

Aunque López Obrador y Alfonso Durazo se llenaron la boca criticando a los gobiernos anteriores y asegurando que las cosas cambiarían para bien una vez que ganaran la elección, la verdad es que nada de lo que dijeron han cumplido, aunque sí tienen un arsenal de pretextos de por qué las cosas no mejoran. En este primer año del gobierno de López Obrador, en cuestión de seguridad el país ha estado entre vergüenzas y sobresaltos. Atacar las causas profundas de la violencia es correcto, ni quién lo dude, pero para que eso se consiga pueden pasar un par de décadas y ya para entonces no habrá nadie para relatar el éxito.

Al mismo tiempo de que se combate la desigualdad y se abate la pobreza, el gobierno tiene una obligación que suele soslayar: tiene que cumplir y hacer cumplir la ley. No es una demanda excesiva promovida por grupos reaccionarios que quieren al país sumido en las masacres, nada de eso, cumplir y hacer cumplir la ley es el seguro de vida de la democracia, su única opción de viabilidad. Por cada delincuente que se sale con la suya surge una nueva camada que percibe que no le sale caro delinquir; al contrario, es prácticamente gratuito. Si el gobierno no puede abatir la impunidad no tendrá oportunidad de victoria.

Lo único que está prohibido es quedarnos como estamos, pues el peor de los mundos posibles. Se requieren en materia de seguridad cambios de fondo y hacerlos de inmediato. El primer paso podría ser la legalización de la mariguana. No hay tiempo que perder.

 

 

Jasaicamacho@yahoo.com

@soycamachojuan

 

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